Cuando estaba sentado con mi papá, él me dijo algo que se me quedó grabado. Me dijo: “Sabes, solíamos ir a Jordania casi todos los días. A veces, íbamos caminando hasta allá, desayunábamos en Jordania y luego almorzábamos de regreso en Hebrón”.
Él estaba describiendo una época en la que cruzar y desplazarse de un lugar a otro no tenía la misma importancia que hoy en día. Los desafíos que ahora conlleva cruzar no formaban parte de la vida cotidiana en aquel entonces. Desplazarse era simplemente parte de la vida. Quizás la vida era mejor en aquel entonces, pero tal vez, lo más importante, desplazarse era más fácil.
Mi papá me contó que solía trabajar en Amán cuando tenía diecisiete años, o incluso menos. A esa edad, viajar a otro lugar no era algo en lo que tuviera que pensar demasiado. No tenía que analizar todas las posibilidades antes de irse: ¿Podré cruzar? ¿Cuánto tiempo me tomará? ¿Estará abierta la carretera? ¿Me dejarán pasar? En la actualidad, incluso viajar a otra ciudad no siempre se siente como una decisión común y corriente. A veces, antes de pensar a dónde se va, se tiene que pensar si podrá llegar allí. Usted no siempre puede organizar su tiempo basándose en la distancia. Tiene que adaptarse a los puestos de control militar, los cierres, las esperas y la incertidumbre. Y esto me hizo pensar en qué significa realmente la libertad de movimiento.
En el poema ‘Passport’ (Pasaporte), Mahmoud Darwish escribe, en la versión interpretada por Marcel Khalife:
“Todas las aves que siguieron
mi palma hasta la puerta del lejano aeropuerto…”
La primera vez que escuché estas palabras, me imaginé la libertad de un pájaro, volando a donde quiera, cruzando distancias sin pedir permiso, sin pasaportes, sin puestos de control militar ni fronteras. Pero luego me pregunté: ¿Es la libertad realmente tan fácil? ¿Qué significa sentirse libre cuando viajas fuera de la zona de ocupación? ¿Cruzar una frontera significa que se es libre? ¿O simplemente significa que, por un momento, se ha entrado a un lugar donde es más fácil moverse?
Cuando viajo, puedo vivir algo que en otros lugares me parece tan común: subirme a un avión, cruzar una frontera, llegar a algún lugar sin estar pensando constantemente si me permitirán moverme. Por un momento, el movimiento se vuelve invisible. No lo noto porque simplemente está ahí. Y tal vez eso sea lo que hace que el regreso sea diferente. Porque una vez que se ha experimentado la libertad de movimiento sin cuestionarla constantemente, se empieza a darse cuenta de lo extraordinaria que es en realidad esa libertad y cuánto se extraña en su vida cotidiana en casa.
Es como saborear la libertad por primera vez. Una vez que se ha probado, se empieza a comprender cuánto de la vida ha estado marcada por su ausencia. Si lo pienso como palestino que quiere viajar al extranjero, a veces el viaje en sí mismo se convierte en un intento por experimentar un tipo diferente de libertad, lejos de las visas, los papeles, las esperas, las preguntas y la incertidumbre constante de si el pasaporte que llevo conmigo será suficiente para demostrar que soy quien digo ser.
Una persona turista.
No una persona terrorista.
A veces pienso en lo extraño que es eso. No viajo para hacer nada extraordinario. Quiero tomar un avión, conocer un lugar nuevo, conocer gente, pasear, ver el mar, comer bien y disfrutar de unas vacaciones. Soy una persona turista. Y, sin embargo, de alguna manera, incluso esa simple identidad puede parecer algo que tengo que demostrar.
¿Me ven como una persona turista o me interrogan como si fuera una persona terrorista?
Suena casi ridículo cuando se dice en voz alta. Pero esto es parte de la realidad de viajar con un pasaporte palestino. A veces bromeamos diciendo que nuestro pasaporte solo sirve para entrar al baño. Nos reímos de eso porque a veces bromear es más fácil que explicar la frustración que hay detrás.
Luego viene la visa. Olvidémonos, por un momento, de los dos meses de espera, los trámites, los documentos, las preguntas y la incertidumbre de si se la aprobarán. Imaginemos que por fin usted consigue la visa. Por fin puede viajar. Y entonces usted descubre algo hermoso. Se da cuenta de cuánta gente conoce a Palestina. Cuánta gente apoya a las personas palestinas. Cuánta gente reconoce su bandera, su historia, su lucha. Y, de alguna manera, alejarme de Palestina no me hace sentir menos persona palestina. Al contrario, me hace sentirlo aún más.
Esto es lo que me aportó viajar a Túnez. Durante diez días, viví algo que me resultó casi desconocido: moverme sin pensar constantemente en el movimiento. Crucé fronteras sin pensar en el siguiente puesto de control militar. Vi el mar. Caminé por las calles. Disfruté de la gente, las conversaciones, la comida y el ambiente. Me reí. Exploré. Viví. Durante diez días, casi pude olvidarme de la ocupación. Decimos: “Simplemente estamos viviendo la vida”. Y tal vez así fue. Pero incluso mientras vivía esos diez días, nunca dejé de ser persona palestina. Si acaso, estar lejos me hizo darme cuenta aún más de ello. Porque durante esos diez días, el movimiento era simplemente movimiento. No tenía que calcular cuánto tiempo duraría un viaje por culpa de un puesto de control militar. No tenía que preguntarme si una carretera estaría abierta. No tenía que demostrar que tenía permiso para pasar. Simplemente podía movilizarme. Y tal vez así era la libertad: no algo extraordinario, sino algo tan común que solo me di cuenta de ello porque había pasado gran parte de mi vida sin ella.

El Regreso
Regresar a Palestina me hizo sentir como: “Ay, caray, ya estamos de vuelta”. ¿Esto es real? Las banderas israelíes se lo recuerdan. Hay puestos de control militar en cada entrada a la ciudad. Hay personas soldado por todas partes. Un soldado de rasgos que parecen estadounidenses, que habla con un acento hebreo mezclado con un árabe entrecortado, me mira y dice: “Bienvenido de nuevo”. Luego exige: “Identificación, pasaporte, documentos”. Y después viene la sonrisa falsa, esa sonrisa que se aprende a poner porque usted sabe que, a veces, sonreír es parte de salir adelante.
Y así, sin más, el choque cultural vuelve a empezar. Una y otra vez, se siente la ocupación. Después de diez días de movilizarse libremente, de ver el mar, de caminar sin calcular el tiempo, de cruzar fronteras sin pensar en los puestos de control militar, de repente usted vuelve a medir sus movimientos en función de las barreras.
De vuelta a las banderas israelíes.
De vuelta a los puestos de control militar.
De vuelta a las personas soldado.
De vuelta a los colonos.
Y, de repente, usted se da cuenta de cosas que tal vez había aprendido a ignorar antes: colonos por todas partes — el poder que ejercen, las carreteras construidas para ellos, los asentamientos que se expanden a su alrededor—.
Entonces usted ve los olivos. Árboles que ya estaban ahí mucho antes de las nuevas carreteras, las nuevas casas, los nuevos asentamientos. Árboles que son talados para dar lugar a otra cosa. Una excavadora arrasa lo que tardó generaciones en crecer, y en su lugar surge un nuevo asentamiento, verde, organizado, limpio, casi hermoso desde lejos: un paisaje hermoso que parece respetuoso con el medio ambiente. Debajo de ese verde hay algo que no puedes ignorar: tierra palestina.
Los árboles ya no están y la tierra ha sido confiscada. Las nuevas carreteras atraviesan el terreno como si antes no hubiera habido nada; hay excavadoras, policías israelíes y personas soldado por todas partes. Y lo más extraño es lo rápido que se vuelven a acostumbrar los ojos.
Hace diez días, me sorprendió lo fácil que podía resultar moverse; ahora me sorprende lo rápido que puedo acostumbrarme a su ausencia. Quizás este sea otro tipo de choque cultural: no llegar a un lugar nuevo, sino regresar a una realidad que se conoce demasiado bien. Usted regresa de un lugar donde la libertad de movimiento se sentía como un derecho humano fundamental, y de repente se da cuenta de que aquí la libertad de movimiento es algo que hay que negociar, algo que hay que esperar, algo que tal vez le impidan hacer, o algo que puede depender de una persona soldado que se pare frente a usted.
Usted sonríe. No porque usted esté feliz, sino porque usted quiere que le aprueben.
De vuelta a la realidad
Regreso a la realidad, de vuelta a la ciudad donde vivo, la ciudad de mi corazón, que alberga mi sangre, mis recuerdos y mi alma: la Ciudad Antigua de Hebrón, una ciudad fantasma. Un lugar que alguna vez se sintió vivo, pero que ahora carga con el peso de todo lo que le han quitado, donde los colonos entran y las personas soldado se quedan cerca para protegerles de la gente que pertenece a esta tierra. El contraste se siente casi insoportable.
Después de diez días de vivir el movimiento como algo cotidiano, de repente me encuentro de nuevo en un lugar donde el movimiento es observado, cuestionado y controlado. Los colores parecen más oscuros otra vez. La realidad vuelve a parecerme negra, y recuerdo, una y otra vez: Usted seguirá siendo persona palestina sin importar cuántas fronteras cruce, cuántos países visite o qué tan lejos viaje.
Viajar nunca borrará el hecho de que usted es una persona palestina; en todo caso, puede ayudarle a comprenderlo más profundamente. Irse puede darle una idea de cómo se siente la libertad, pero regresar le recuerda por qué esa libertad es importante. No podemos permitirnos olvidar la tierra, las historias, los árboles, las calles, la gente, los recuerdos, ni el alma y el espíritu de este lugar.
Viajar no me hará olvidar, ni dejará de importarme, ni dejará de darme esperanza.
Sin embargo, hay un temor que me acompaña: espero no despertarme nunca un día y descubrir que esta tierra ya no me reconoce. Que cuando regrese a casa, de alguna manera, mi hogar me mire como a una persona extraña. O que cuando me pare en las calles donde vive mi historia, el lugar mismo niegue que yo pertenezca a él. Quizás la forma más dolorosa de desplazamiento no sea solo verse en la obligación de abandonar su tierra, sino regresar a ella y descubrir que ya no le reconoce.
Como escribió Ghassan Kanafani en ‘Returning to Haifa’ (Regreso a Haifa):
“La conozco, Haifa, pero ella me rechaza”. Y tal vez esto sea lo que más temo. No es irme de viaje. No es cruzar fronteras. Ni siquiera estar lejos de Palestina. Pero un día, después de todos los viajes, todas las partidas y regresos, todos los años de aguantar, volver a casa y descubrir que allí me han hecho olvidar.
Pero hay una pregunta que sigue atormentándome: ¿qué pasaría si algún día a Palestina misma se le negara la capacidad de recordar a su pueblo?


