¿Hasta cuándo vamos a dejar que el miedo domine nuestros corazones?

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A Coast Guard ship in the distance

Hemos construido una sociedad a modo de fortaleza, en la que “el otro o la otra” ya no es un hermano ni una hermana.

Hemos cambiado nuestra humanidad por seguridad, en un mundo en el que el valor de una persona se mide por su cuenta bancaria, mientras que su origen cultural se considera una amenaza. Hemos olvidado cómo mirar a alguien a la cara. Solo vemos una categoría.

El martes 3 de febrero del 2026, la lógica de la Fortaleza Europa dejó caer su fruto manchado de sangre en Quíos. Frente a la costa de Vrontados, una embarcación de alta velocidad de la Guardia Costera Helénica chocó contra una pequeña embarcación en la que viajaban cuarenta personas. Catorce personas murieron en un instante. Otra falleció en el hospital, con el cuerpo destrozado sin posibilidad de recuperación. Dos madres perdieron a sus hijos antes de que nacieran. Once niñes quedaron con marcas por las secuelas de una frontera militarizada.

El Estado habla de “personas contrabandistas asesinas”. Afirma que una pequeña y frágil embarcación intentó “embestir” a un gigantesco buque de guerra. Nos dice que estaba demasiado oscuro para las cámaras, que las cámaras termográficas, una vez más, no funcionaban – un “fallo técnico” que crea un vacío en el que solo se oye la voz del Estado.

¡El Estado decide que el terror es una herramienta más útil que la dignidad!

Detienen a las personas sobrevivientes, convierten a las personas testigo en sospechosas, culpan a las personas fallecidas por “elegir” este camino, el único que les quedaba abierto.

No podemos permitir que el Egeo se convierta en un cementerio mientras unos hombres trajeados proclaman “ley y orden”. No podemos permitir que la creación de “enemistades” sea el modelo en el cual se basen nuestras leyes.

No podemos permitir que la transparencia sea una “imposibilidad técnica” cuando hay vidas en juego.

Esperamos que se derrumbe un régimen que criminaliza el simple acto de sobrevivir.

Solo cuando dejemos de considerar los derechos como “privilegios” recuperaremos nuestra propia esencia.

Solo entonces veremos a “el otro u a la otra” como a nosotres mismes.

Solo entonces viviremos de verdad.

La solución no es ningún misterio, es una elección del corazón.

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