¿Cuánto tiempo más vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras el estado matan a nuestra gente?

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A coast guard boat

El pasado martes, 3 de febrero, comenzaron a aparecer titulares sobre otro naufragio, esta vez cerca de Quíos. Inmediatamente empezamos a buscar información, haciendo llamadas telefónicas y consultando todas las fuentes que se nos ocurrieron. Aunque los naufragios se han convertido trágicamente en algo habitual después de todos estos años, siempre nos afectan profundamente.

Los primeros informes fueron devastadores. Al principio, nos enteramos de que había siete personas muertas y muchas desaparecidas. Cuando oímos cifras como esas, sabemos que debemos prepararnos para lo peor. Pronto, la información del hospital de Quíos confirmó catorce muertes y varias personas en estado crítico. El recuento final, hasta ahora, es de quince muertos: once hombres y cuatro mujeres, algunas de estas personas son menores de edad. Dos de las mujeres que sobrevivieron, posteriormente sufrieron el aborto de sus bebes.

¿Qué ha pasado esta vez? ¿Cómo es posible que unas rutas que se supone que conducen a la seguridad acaben en la muerte? ¿Por qué las madres tienen que enterrar a sus hijes? ¿Por qué alguien tiene que enterrar a sus seres queridos en una tierra que nunca han visto antes?

Pronto quedó claro que el barco no se había hundido por sí solo. Al acercarse a la costa de Quíos, una embarcación patrullera de la Guardia Costera Helénica lo embistió sin previo aviso. La mayoría de las personas fallecidas murieron en el acto por el impacto. Otras fueron arrojadas al mar. Solo podemos imaginar el pánico que se desató a continuación.

¿Cómo puede estar sucediendo esto? ¿Por qué alguien haría algo así?

Esto es el resultado directo de los regímenes fronterizos que se han construido y endurecido durante años en toda Europa y, como hemos visto recientemente, también en Estados Unidos. Se ha dado prioridad y legitimidad a la disuasión por encima del rescate y la protección. Una narrativa militarizada presenta las fronteras como zonas de guerra, a las personas que se desplazan como invasoras y a las personas guardacostas y agentes fronterizos como personas soldado de primera línea. Según esta lógica, la muerte es aceptable. Las personas migrantes que mueren son tratados como daños colaterales. Nadie las llora públicamente. Y aquellas que alzan la voz, aquellas que defienden la vida, son perseguidas, criminalizadas y retratadas como enemigos internos.

Debemos poner fin a esto.

No podemos permitir que más personas mueran así.

No podemos permitir que nuestros amistades y colegas sufran persecución por defender la vida.

No podemos permitir que las fronteras nos dividan.

Debemos construir sobre la pluralidad de este mundo, sobre la solidaridad y el respeto mutuo, sobre lo que nos une en lugar de lo que nos separa, sobre la belleza compartida de un mundo que nos pertenece a todes.

Entonces ningún estado, ninguna Guardia Costera, ningún ICE podrá llevarse a nadie lejos de nosotres.

Entonces podremos vivir en paz y dignidad.

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