Este año Colombia atraviesa un momento decisivo. En los próximos meses el país elegirá Congreso, Juntas de Acción Comunal y Presidencia, no son simplemente fechas en el calendario electoral, es un tiempo en el que se pone en juego el rumbo del país y el futuro de los derechos humanos, un tiempo en el que se pone a prueba lo que durante décadas los pueblos han sembrado con su lucha, su organización y su esperanza.
Muchas de las comunidades que acompañamos quizá no hablen en los términos más académicos de la ciencia política o no discutan teorías sobre derecha o izquierda, pero conocen profundamente lo que significan las decisiones políticas. Durante décadas han vivido la estigmatización, la persecución, el desplazamiento, la judicialización y la violencia que impacta sus vidas y sus comunidades, por lo que, la política no es una mera discusión abstracta, las comunidades empobrecidas no tienen el privilegio de declararse “apolíticas” cuando la política atraviesa sus cuerpos y su territorio.
Durante mucho tiempo, Colombia conoció prácticamente una sola forma de gobierno, para muchos pueblos campesinos, indígenas y populares, la institucionalidad parecía construida lejos de ellos y directamente en su contra, pero en los últimos 4 años, sin necesidad de nombrar doctrinas o corrientes ideológicas, muchas comunidades han experimentado algo distinto: por primera vez se han sentido reflejadas en el lenguaje del Estado. Han visto avances concretos, como el acto legislativo 01 de 2023 que reconoció oficialmente a los campesinos en Colombia como sujetos de especial protección constitucional, o la expedición de la Ley 2166 de 2021 que otorgó mayor legitimidad y herramientas a las Juntas de Acción Comunal, reconociendo y fortaleciendo su papel histórico como actores fundamentales del desarrollo territorial y la participación ciudadana, lo que permiten que lideresas como Marisela Jiménez, nuestra querida “Chela” en la comunidad de El Guayabo, pueda ejercer su liderazgo con mayor legitimidad y dignidad. Estos avances no son simplemente reformas administrativas. Son acciones políticos que reconocen la lucha y la resistencia de quienes históricamente fueron oprimides e invisibilizades.
Al mismo tiempo, tras décadas de conflicto armado y millones de víctimas, el país ha construido con enorme esfuerzo, un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, compuesto por la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas. Todo un entramado institucional que representa el compromiso de una sociedad que intenta no repetir la historia de violencia que la ha marcado. Hoy muchas de estas conquistas están en juego, porque estos avances no se sostienen solos: dependen de la voluntad política de quienes gobiernan y del compromiso de la sociedad por protegerlos. Por eso las decisiones que el país tome hoy son tan importantes, porque lo que está en juego no es solo una arquitectura institucional, sino el derecho de las víctimas a la verdad, la justicia y la memoria, y la posibilidad real de que la historia de violencia no vuelva a repetirse. Por eso, este momento exige sabiduría colectiva.
A ello se suma, ver con preocupación el ascenso de discursos autoritarios y de extrema derecha que se expanden con rapidez en nuestra América Latina. Vemos cómo países que han atravesado profundas luchas por la memoria y los derechos humanos hoy se encuentran nuevamente bajo gobiernos autoritarios que ya han desmantelado sus avances sociales, han vendido sus recursos naturales y han militarizado la política y el territorio. En una región donde varios países vecinos han caído bajo gobiernos de ultraderecha, golpes militares o procesos de militarización profunda, discursos violentos y formas de gobernar como las de Milei en Argentina o Bukele en El Salvador toman fuerza, imponiéndose como ejemplos de gobernabilidad.
Colombia no está aislada de este contexto, algunas candidaturas presidenciales comparten abiertamente esas posturas políticas, promueven esas ideas fascistas y abogan por la militarización e intervención de Estados Unidos e Israel en Colombia. Colombia enfrenta el desafío de seguir siendo un lugar de contención, el compromiso ético y social de mantenerse en pie ante el fascismo y seguir firmes diciendo: NO PASARÁN. Resistir hoy no es un gesto simbólico: es negarse a la complicidad con la violencia, defender lo que se ha conquistado y sostener abierta la posibilidad de un futuro distinto para nuestra región.
Desde Colombia seguiremos levantando nuestra voz contra la militarización del continente, contra el avance de estructuras paramilitares que buscan intimidar y controlar los territorios, y en defensa de las comunidades que resisten con dignidad, como la comunidad campesina de El Guayabo.
Desde ECAP, reafirmamos nuestra convicción histórica. Desde hace 40 años nuestra organización eligió la no violencia como camino, pero nunca una no violencia como silencio o neutralidad, nuestra no violencia ha sido siempre activa: tomando posición junto a quienes han sido silenciades, caminando junto a les perseguides y alzando la voz por les excluides. Hoy esa convicción sigue intacta, seguiremos acompañando sin neutralidad y sin miedo, al lado de quienes creen que otro mundo, todavía es posible, no es “hoy más que nunca”, es ¡hoy más que siempre! seguiremos con la ternura y la firmeza de la no violencia activa, junto a los pueblos que resisten, en Colombia, en Palestina, en Kurdistán, en Lesbos, Frontera con México – EEUU,y en Isla Tortuga donde se encuentra ECAP, y en cada lugar donde la dignidad humana se niega a desaparecer.
Oremos para que el pueblo colombiano tenga la sabiduría de elegir caminos que preserven la separación de poderes, la Constitución, los derechos fundamentales allí consagrados, y el reconocimiento de la diversidad como base de nuestra riqueza como sociedad.
Oremos para que Colombia tenga la sabiduría de no olvidar el dolor que ha atravesado como país, y que esa historia no se haya vivido en vano.
Oremos para que la memoria de quienes han resistido en los territorios, de quienes han sembrado dignidad en medio de la violencia, ilumine el camino colectivo.
Pedimos oración, solidaridad y acompañamiento a nuestras comunidades y congregaciones aliadas, a quienes apoyan nuestro trabajo en diferentes lugares del mundo y en diferentes formas, nada de lo que ustedes hacen es pequeño. Toda palabra, toda oración, toda forma de apoyo cuenta, ustedes hacen posible nuestro trabajo. Desde ECAP Colombia les invitamos a seguir tejiendo esperanza juntas.


