El 8 de marzo, muches de nosotres celebramos el Día Internacional de la Mujer. Cuando volví a casa después de la misa, mi compañero de piso me preguntó si en mi iglesia habían conmemorado ese día. Le sorprendió que no lo hubiéramos hecho. Dado que mi iglesia está dirigida en gran medida por mujeres, personas trans y no binarias, no sentí ninguna decepción por la falta de un reconocimiento explícito. Nuestra sacerdotisa había predicado sobre la historia del encuentro de Jesús con una mujer samaritana en un pozo (Juan 4:5-42), y su interpretación puso de relieve las experiencias de las mujeres de una manera que me resultó más significativa que lo que habría sido una simple celebración del Día de la Mujer.
Al volver a contar la historia, la Madre Maggie leyó entre líneas la conversación entre Jesús y la mujer anónima para poner de manifiesto una delicada danza de autodefensa verbal que las mujeres de todas las épocas reconocerían: una mujer sola, desafiando con delicadeza a un desconocido decidido a entablar conversación con ella, utilizando el humor para marcar límites sin ofender. Poco a poco, baja la guardia al ver que él realmente no tiene más intención que mantener una conversación teológica. Sus palabras le llegan al corazón – su promesa de “agua viva” ofrece la posibilidad de liberarse de la tarea diaria de ir a buscar agua al pozo, y su visión de la reconciliación entre personas judías y samaritanas infunde esperanza. Cuando él le cuenta sin rodeos su historia personal – se ha casado cinco veces y ahora vive con un hombre con el que no está casada – ella responde, quizá con sarcasmo, llamándole profeta. De hecho, es ella quien se convierte en profeta cuando él se identifica como el Mesías y ella proclama la historia de su encuentro al pueblo de su ciudad.
En esta historia, percibo el eco de las mujeres como portadoras de agua. En sentido literal: la vida de tantas mujeres y niñas sigue estando marcada por la tarea diaria de acarrear agua. Pero también en el sentido espiritual que celebran las culturas indígenas de la Isla de la Tortuga. Pienso en las parteras indígenas que han recuperado el carácter sagrado del embarazo y el parto al integrar las prácticas tradicionales con los conocimientos médicos modernos. Pienso en las mujeres indígenas que han asumido la identidad de protectoras del agua: Josephine Mandamin, que organiza marchas por el agua en torno a los Grandes Lagos; Autumn Peltier, que a los 13 años habló ante las Naciones Unidas sobre el derecho al agua limpia; Judy da Silva, Chrissy Isaacs y otras matriarcas de ‘Grassy Narrows’ que llevan décadas luchando por obtener una indemnización por el envenenamiento por mercurio, las lideresas de la resistencia al oleoducto de Wet’suwet’en, como Sleydo’, Shaylynn Sampson, Eve Saint y Jocey Alec, quienes han dejado sus hogares y familias y han arriesgado sus vidas para defender las aguas del Wedzin Kwa. Doy gracias por su sagrada labor.
También escucho las historias de mujeres cuyas comunidades las definen por sus relaciones con los hombres y por su fertilidad. Hago oraciones por las mujeres y las personas no binarias de Estados Unidos y de otros lugares cuyo control sobre sus propios cuerpos se ve amenazado por las campañas de la extrema derecha contra la atención sanitaria reproductiva. Hago oraciones por las mujeres trans, que con tanta frecuencia son blanco de la violencia y la discriminación de la extrema derecha, ya que su mera existencia pone en entredicho el binario de género en el que se sustenta el patriarcado. Hago oraciones por todas las sobrevivientes de la violencia sexual y de pareja. Hago oraciones por las mujeres que organizan luchas en favor de la igualdad para que todas las mujeres puedan construir sus propias vidas según sus propios términos.
Y escucho las historias de mujeres que dicen la verdad y que alcanzan su plena identidad como agentes del cambio. Hago oraciones por las valientes sobrevivientes de violencia sexual que rechazan la vergüenza y la lanzan sobre los hombres poderosos que han abusado de ellas. Hago oraciones por las mujeres y por las personas queer que abogan por la igualdad en las instituciones religiosas. Hago oraciones por todas las mujeres que lideran comunidades y movimientos sociales, llevando el papel tradicional de cuidar a la esfera pública con políticas de cuidado – por la tierra, por las demás, por las generaciones futuras.
También hago oraciones por los hombres. En esta época de políticas misóginas de extrema derecha, hago oraciones para que los hombres rechacen una masculinidad basada en el dominio y la agresividad, y construyan ese tipo de fortaleza que se expresa a través del cariño y de la responsabilidad. Hago oraciones para que más hombres lleguen a conocer la belleza de las relaciones de plena igualdad y reciprocidad que trascienden los roles de género. Hago oraciones para que los hombres tengan la valentía de desafiar a la misoginia cuando la oigan, y de reconocer el liderazgo de las mujeres cuando se le reste importancia. Hago oraciones por que llegue un momento en el que nuestras sociedades apoyen a todas las personas, independientemente de su género, para que alcancen su plena humanidad, con toda su fuerza, vulnerabilidad y belleza. Por favor, oren conmigo.


