Las decisiones arbitrarias impuestas a las personas palestinas presas, la denegación de asistencia médica, la restricción de las visitas familiares y la privación de una alimentación adecuada se asemejan cada vez más a una sentencia de muerte lenta y deliberada. Tras la votación celebrada el 30 de marzo en la Knesset israelí para aprobar medidas encaminadas a la ejecución de personas palestinas presas, la situación de las personas presas se ha vuelto aún más alarmante. Lo que antes era un sistema de sufrimiento prolongado ahora conlleva la amenaza inminente de una ejecución legalizada, lo que pone en peligro inmediato la vida de miles de personas.
Estas personas presas, muchas de los cuales se encuentran detenidas por actos relacionados con la defensa de sus tierras y comunidades, sufren a diario un calvario que va mucho más allá de la privación de libertad. Les han ocupado sus tierras, han amenazado o confiscado sus hogares y, sin embargo, son ellas a quienes se tacha de delincuentes. A menudo se les acusa de lanzar piedras, de resistirse a las incursiones o de plantar cara a los colonos que han venido del extranjero para reclamar lo que no les pertenece.
En la actualidad, hay más de 9,800 personas palestinas presas recluidas en cárceles israelíes. Muchas de ellas son víctimas a diario de violencia, humillaciones y negligencia. Se les niega o retrasa sistemáticamente la atención médica, lo que obliga a las personas presas a lidiar con enfermedades graves sin recibir tratamiento. Algunas han fallecido como consecuencia directa de esta negligencia, ya que su dolor fue ignorado hasta que fue demasiado tarde. En el interior de las celdas, abarrotadas e insalubres, enfermedades como la sarna se propagan con facilidad, lo que agrava aún más unas condiciones de vida ya de por sí insoportables. La comida es insuficiente y, a menudo, se limita a una única y escasa ración diaria, apenas suficiente para sobrevivir.
Las personas que son finalmente puestas en libertad suelen regresar con sus familias irreconocibles, físicamente debilitadas, demacradas y con secuelas psicológicas. Su sufrimiento no termina a las puertas de la cárcel; los acompaña hasta sus hogares, grabado en sus cuerpos y en sus recuerdos. Entre estos muros de la prisión hay padres separados de sus hijes, madres arrancadas de sus familias y jóvenes cuyo futuro se ha visto truncado. Dejan tras de sí espacios vacíos y recuerdos en hogares en los que aún resuena su ausencia.
Para las familias que esperan fuera, el dolor es constante e insoportable. Ahora se ve agravado por el temor a la ejecución. Las madres viven con la aterradora idea de que quizá nunca vuelvan a abrazar a sus hijes, no por el tiempo perdido, sino por una sentencia que podría costarles la vida. Les niñes crecen anhelando la presencia, el amor y la protección de sus padres, al tiempo que temen que ese reencuentro nunca llegue. Los padres y las madres se preguntan cada día: ¿volveremos a verles o les llevarán sin siquiera decirles un último adiós?
Ante tal injusticia, no debemos quedarnos en silencio. Oremos por todas las madres que esperan con una mezcla de esperanza y dolor. Oremos por todos los padres que anhelan volver a abrazar a sus hijes. Oremos por las enfermas que sufren sin recibir cuidados, y por la fortaleza de quienes soportan penurias inimaginables entre rejas.
No los olvidemos. Conservemos sus historias, pronunciemos sus nombres y alcemos la voz contra la injusticia. Que nuestras oraciones vayan acompañadas de acciones, y que nuestra solidaridad sea una luz en la oscuridad de su cautiverio.


