SOLIDARIDAD MIGRANTE EGEA: El fuego que nos espera

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19 de junio 2020

por Rûnbîr Serkepkanî

Hace unos días tuve una videollamada con un amigo. Él estaba parado afuera de su casa. Su rostro estaba bronceado, su sonrisa era amplia y sus palabras rebosaban buen humor. Cuando le pregunté que había pasado con su caso, él me respondió hablando sobre el color de la estampilla en su ausweis.* Todavía era roja, todavía no podía abordar el gran ferry que lo llevaría lejos de la isla.

Desde que lo conocí he viajado tres o cuatro veces a Solimania, su lugar de origen. He viajado más de una veintena de veces desde el aeropuerto que está localizado a unos pocos kilómetros de donde él solía vivir. Me he casado y me he convertido en padre de familia. Desde que lo conocí, su aplicación de asilo ha sido rechazada por lo menos cinco veces por todas las entidades con poder de decisión. Él ha sido interrogado por la policía muchas veces, incluso ha sido encarcelado por tres meses, esperando una deportación que siquiera no llegó. Su hijo menor, antes un niño tímido y traumatizado que no podía hablar bien, ahora puede hablar los dialectos kurdos de kurmanji y sorani, también habla un poco de árabe, además puede trepar árboles y pescar bagres en el mar. Desde la última vez que lo vi, su hija ha comenzado a hablar inglés con un acento californiano. Ella tiene un amigo imaginario en su portátil, a quien ella llama su mejor amigo. Su esposa ha dado a luz a su hija más joven, quien ya puede caminar por si sola.

Recuerdo cuando lo visité en prisión en calidad de intérprete para su abogado. Yo le aconsejaba que fuera paciente, mientras él me explicaba que no había hecho nada, que era inocente, y que además no podía soportar los sanitarios sucios. Él me decía que prefería morir antes que estar sin su familia. Yo acompañaba al abogado frecuentemente, y cada vez se repetían las mismas promesas vacías de liberación. En una ocasión el juez estaba enfermo, en otra estaba de vacaciones, otro día el juez pospuso el caso. Mi amigo tuvo que permanecer tres meses en el centro de pre-deportación o campo de concentración de Moria. Lo que más temía era que lo fueran a deportar sin su familia.

Entre tanto, él le aconsejaba a su esposa que evitara salir del campo de refugiados, que no fuera mucho a Mitilene, porque si la Policía la sorprendía los podrían deportar a todos. Sin decirle nada, ella fue a visitarlo a la prisión, afortunadamente no la atraparon.  

Cuando fue liberado, no le concedieron documentos que certificaran que él no era un vogelfrei,† al cual podrían arrestar si tenían suficiente espacio en el centro de pre-deportación, para después ser deportado.

Yo realmente disfruté los momentos en los que estaba sentado en su pequeña casa sin hablar acerca de las fronteras, sin tener un abogado entre nosotros que nos informara las últimas noticias sobre lo que las autoridades estaban decidiendo acerca de su futuro y el de su familia, sin contar con su participación o consentimiento. Yo realmente disfruté los momentos en los que nos sentábamos juntos, tomando tazas de té negro, cada una con dos bolsitas de té, para que fuera tan negro como el té que bebíamos en Solimania. Yo disfrute bromear con los niños pequeños, echando chistes en kurdo y hablando acerca de la situación en Kurdistán, o del clima, o la última locura que sus niños habían hecho o dicho.

Yo realmente disfrute esos tiempos cuando estábamos sentados sin ninguna frontera entre nosotros, sin ninguna reja, guardias de prisión, o barras entre nosotros. Yo realmente disfruté esos tiempos en los que no nos dividían mi pasaporte sueco y su ausweis estampado en rojo. Los tiempos en los que éramos simplemente dos seres humanos que vienen de las montañas Zagros, hablando una secuencia de palabras que solo tienen sentido en nuestra lengua materna.

Yo tengo esperanza en que cuando nos volvamos a encontrar en el futuro sean mejores tiempos. Espero que nos esté esperando un fuego en alguna parte, alrededor del cual nos vamos a reunir. Espero que la tetera cubierta de hollín hierva llena de té negro y rosas secas sobre el fuego. Espero que estemos sentados ahí bajo las estrellas de una noche de verano mientras que nuestros hijos escuchan las historias que les contamos, a la vez que tomamos sorbos de copas de istikan. Yo espero que no haya nada entre nosotros que nos separe, que seamos libres e iguales alrededor del mismo fuego y bajo las mismas estrellas.   

 

*Tarjeta de identificación.

†Criminal, vagabundo o mendigo.

 

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