El viaje que me transformó

Después de 35 años de viaje algunas personas aún siguen en el viaje, otras terminaron su viaje y continúan su camino de nuevas formas; y otras partieron de esta dimensión.
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An image looking out from the windshield of a vehicle. There is a vehicle on the road in front, and green mountains in the distance with a very dark overcast sky. There is a person sitting on the roof of the vehicle, their leg is visible on the right side of the windshield.
Journeying into the north east mountains of Colombia on an accompaniment trip

El viaje de CPT por 35 años, haciendo presencia en diferentes partes del mundo, es una buena ocasión para celebrar, pero también para reflexionar.

La metáfora del viaje implica unos objetivos, propósitos o intenciones, acorde con el lugar a dónde se quiere llegar. Requiere un mapa u hoja de ruta, con su punto de partida y de llegada. Implica aprendizajes, revisiones periódicas, cambios, nuevos trazados, incluso replantearse nuevas visiones, misiones y valores.

Implica la invitación y adhesión de un sinnúmero de personas compañeras de viaje con las que se inicia el recorrido y otras que se van uniendo en el camino. Después de 35 años de viaje algunas personas aún siguen en el viaje, otras terminaron su viaje y continúan su camino de nuevas formas; y otras partieron de esta dimensión. Cada caminante en el viaje inyectó esperanzas, sueños, energías, pasiones, valores, espiritualidad, apuestas y anhelos, lo cual implica ciertas renuncias, como, alejarse de la familia, mundo, país, contexto y en ocasiones perder la conexión con su entorno. Algunas personas caminantes en este viaje también evidencian sus frustraciones, cansancios, desánimos y pérdida de sentido en la caminata, algunas se adaptan y otras se apartan, siguiendo su propio camino y exploran nuevos viajes y experiencias.

Esta es una buena ocasión para mí—mujer, colombiana, reservista—compartir un poco de mis aprendizajes y vivencias a nivel interno y externo, en mi viaje con el Equipo Colombia, como con las comunidades campesinas y organizaciones socias a las que se acompañan en el Magdalena Medio, Colombia.

¿Por qué me uní a este viaje?

¿Qué pasaría si los Cristianos/as se dedicaran a la construcción no violenta de la paz con la misma disciplina y entrega con las cuales los ejércitos se dedican a la guerra?

Esa frase y su significado me conectó positivamente con ECAP y su trabajo en la construcción de la paz.  Acompañar a las comunidades campesinas y organizaciones en sus luchas por la tierra, la vida y la dignidad, desde la noviolencia y una espiritualidad de la paz fue un desafío. Sentía que, a mi experiencia en la fe, le faltaba una pieza del gran entramado para darle el sentido a mi viaje espiritual, como dirían los Anabautistas del siglo XVI: “el tercer bautismo.”

¿Qué implicaba para mí?

Ser parte de un equipo de hombres y mujeres, con experiencias y vivencias en el campo del activismo del trabajo por la paz, quienes serían mis compañeros de viaje. Siendo el Equipo la comunidad más cercana para animarnos en la caminata, pero también para sostenernos en medio de los momentos de frustración, miedos, zozobras, crisis internas que se vivía en esos tramos y años oscuros.  Descubrir y conocer de primera mano las diferentes “Colombias” que subyacen a la Colombia urbana, como la campesina, fue desafiante y confrontante.  Asumir que ser ecapera no consistía en “ponernos la capa” como decían algunos compañeros de equipo para ir a “salvar” a otras personas, con consignas, ideologías, o retóricas sino que la clave del viaje era un encuentro de culturas, saberes, y un encuentro de seres humanos para humanizarnos.

¿Qué aprendí en el viaje?

La primera delegación de la que hice parte fue a las comunidades campesinas a orillas del Rio Opón. Uno de los facilitadores de la delegación, en la noche, nos narró algunos “cuentos de terror” sobre situaciones y experiencias oídas, sobre visitas nocturnas, de animales o personas extrañas. Yo estuve perturbada toda esa noche, al igual que otros compañeros. Pero lo que esto me enseñó es que mis fantasmas, monstruos internos son más amenazantes, peligrosos e impredecibles que los externos.

Con el equipo y con las organizaciones de mujeres, y campesinas, podía identificar las opresiones y violencias simbólicas internalizadas y naturalizadas, así como la perpetuación de roles hegemónicos impuestos por el patriarcalismo, machismo y los fundamentalismos sobretodo religiosos. Era necesario identificarlos primeramente en mí para desenmascararlos, confrontarlos, y transformarlos, antes de querer ser agente de transformación.

Todo esto fue gestando en mí el proceso de descolonización (deshacer los focos de poder) en mi mente, en mi experiencia de fe, y en lo que la cultura y sistema me inculcó, desplazando el foco hacia mi poder y fuerza interna. Lo que no sabía es que ese viaje interno sería muy largo, costoso y para toda la vida.  El autosaboteo que nos podemos hacer en este viaje es creernos que debemos resolver los problemas y luchas de otras personas desde un activismo comprometido, negando la existencia y resolución de los nuestros y clarificando que, si yo estoy bien, los demás lo van a estar, porque somos seres humanos interdependientes.

Así que mientras hacía el viaje externo, la vida me fue llevando a hacer simultáneamente mi propio viaje interno para volver a mí misma, identificando mis propias violencias y opresiones y las formas sutiles como convivían conmigo y se manifestaban. Pero “volver a casa” a mi interior, a misma no era un camino fácil, ni momentáneo, pues como aclara el teólogo alemán Jurgen Moltman, “el viaje más largo es siempre el viaje hacia dentro. El viaje hacia casa para encontrarse a sí mismo dura toda la vida y tal vez más.” Esto no tenía que ver con asuntos religiosos, ni con dogmas o mandatos, esto tenía que ver con la recuperación de mi propio ser y esencia, para así precisar y entender que conjuntamente no es que deshacemos opresiones y violencias, sino que las transformamos pero que el proceso empieza conmigo.

Finalmente entendí que la clave del viaje no era solamente un “tercer bautismo” sino que fueron muchos más, entre ellos el viaje que me ha enseñado a transformar “el lamento en gozo”.

Así que en el marco de la celebración de estos 35 años de ECAP agradezco a la Vida, a todas las personas compañeras de viaje: las familias campesinas, socios y socias, mis compañeros y compañeras ecaperas tanto de Colombia como de otras partes del mundo. ¡Fuerza y paz porque largo camino nos resta!

¡Larga Vida a ECAP!

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