Adiós a Haidar

En Nochevieja, Haidar Khaled Akhalil zarpó de Turquía hacia Grecia. Lo que ocurrió tras su llegada demuestra que el peligro para las personas migrantes no termina tras sobrevivir a la peligrosa travesía marítima.
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A funeral notice

En Nochevieja, mientras muches de nosotres disfrutábamos del calor de nuestros hogares, rodeados de la familia y la tranquila comodidad de las voces conocidas, Haidar Khaled Alkhalil, de 20 años, pasaba las últimas horas de su vida en la fría costa de Lesbos. Lejos de casa, lejos de su familia y quizá de la persona a la que amaba, él caminaba descalzo sobre las rocas escarpadas y las colinas empinadas, empapado por el mar y helado por el aire invernal.

Haidar acababa de llegar junto con otras diez personas que buscaban refugio. Según las personas sobrevivientes, el conductor de la embarcación las obligó a tirarse al agua antes de llegar a la orilla. Ellas se contaban entre las personas “afortunadas” – llevaban chalecos salvavidas. Juntas, lucharon contra las olas y llegaron a tierra, agarrándose unas a otras, dejando atrás todas sus pertenencias.

Una vez en tierra, el grupo se dividió en tres, desorientado y guiado por el miedo. Todas las personas sabían que tenían que llegar a algún lugar seguro antes de que la policía o les agentes de la Guardia Costera pudieran encontrarlas. Habían oído varias historias de personas que, a pesar de haber logrado llegar a algunas de las islas griegas, fueron secuestradas por las fuerzas de seguridad y devueltas a Turquía. Nueve de ellas llegaron a un pueblo cercano, donde la presencia de algunas personas lugareñas les proporcionó una frágil sensación de seguridad. Pero Haidar y su amigo íntimo, Houssein, se quedaron atrás, demasiado asustados como para dejarse ver y demasiado inseguros sobre lo que les esperaba.

Solos, asustados y desorientados, siguieron adentrándose en las montañas. Descalzos y semidesnudos, siguieron caminando. Sin comida ni agua, sobrevivieron gracias al agua de lluvia y a los frutos que encontraban por el camino.

Una pequeña iglesia con la que se toparon por el camino les sirvió de refugio – y también de última morada para Haidar. Ya habían pasado tres días y ambos estaban agotados. La salud de Haidar se había deteriorado mucho. Ya no podía caminar y no dejaba de toser. Dentro de esa iglesia, se quedó dormido y nunca volvió a despertar. Quizás soñaba con el abrazo de su madre, con el contacto de alguien a quien quería, con el aroma de su comida favorita o con una noche de fiesta con todas sus amistades a quienes había tenido que dejar atrás.

Houssein salió en busca de ayuda. Aunque ya era demasiado tarde para Haidar, Houssein también tuvo que permanecer ingresado en el hospital durante casi veinte días después de que un vecino finalmente lo encontrara. Se recuperó, pero aún tiene que vivir con las últimas imágenes de su querido amigo.

Casi cuatro meses después de su muerte, el cuerpo de Haidar sigue en el depósito de cadáveres. Las organizaciones locales de derechos humanos están tratando de superar todos los trámites burocráticos para garantizarle lo que nunca debería negársele: la dignidad en la muerte. Él será enterrado en el “cementerio de las personas refugiadas”, junto a más de 200 personas que perdieron la vida en el mismo viaje hacia lo que esperaban que fuera la seguridad y la libertad. Muchas de ellas yacen bajo lápidas en las que solo figura una palabra: Desconocido.

Pero Haidar, como todas las personas que descansan en este cementerio, también era un hijo, un amigo, quizá un compañero. Tenía un nombre, una historia, una vida interrumpida.

Y su historia no es una tragedia aislada, ni un titular pasajero para rellenar espacio. Es la consecuencia de un régimen fronterizo violento: un régimen que obliga a las personas que buscan seguridad a recorrer rutas y redes peligrosas, que encarna su miedo y que los mantiene invisibles.

Nadie debería tener que soportar un viaje así. Nadie debería perder a un ser querido de esta manera. Y ninguna persona debería ser enterrada tan lejos de casa, sin la presencia, el contacto o la despedida de quienes lo querían.

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