El camino de tierra que llevaba a la casa de Mahmoud Daghameen se fue volviendo cada vez más sinuoso, accidentado y estrecho a medida que me llevaba cuesta arriba hasta llegar a su casa. Nos acercábamos a las afueras de Samou, a solo 500 metros del asentamiento ilegal de Susya. A primera vista, la casa no parece un hogar, sino más bien un edificio que se encuentra bajo asedio constante. Las ventanas estaban selladas con placas metálicas de color cobre, y había cerrojos en todos los lados de la casa. Estaba protegida por una puerta metálica con un revestimiento de acero blindado en el interior. La mitad de la casa estaba rodeada por vallas de hierro selladas que encerraban a las ovejas, aseguradas con barras de hierro y candados. No había nada a la vista, y nada transmitía una sensación acogedora; más bien parecía un recinto cuadrado en el que cada rincón reflejaba la impresión de que la propia casa estaba preparada para lo que pudiera venir.
Dentro del edificio fortificado se encontraban Mahmoud, su esposa Wafaa y sus cuatro hijos, para quienes aquel lugar era su hogar. Las presentaciones se sucedieron poco a poco, con naturalidad, tal y como se recibe a una persona invitada en casa. Los niños entraban y salían del salón principal de la casa, curiosos y, sobre todo, tímidos.
El vínculo de Mahmoud con la tierra y el ganado corre por sus venas. Las ovejas no son solo ganado. Son la prueba de su medio de vida, su rutina y su sentido de identidad. Mientras estaba sentado escuchando a Mahmoud hablar de su vida en una zona como esta, él me describió cómo era su vida como pastor antes de la guerra de Gaza a finales del 2023. Él describió un ritmo de vida diferente – uno en el que tenía la “libertad” de llevar a su rebaño a pastar por las colinas de los alrededores, donde sus movimientos venían marcados por un miedo constante. Ahora, esa libertad se ha reducido al estrecho espacio que hay entre cada barra de acero que rodea su casa. Sus rutas de pastoreo han cambiado, las distancias se han acortado y han hecho imposible un pastoreo eficaz, y cada paso exige precaución.
La presencia de Wafaa es sutil y discreta, pero es el motivo por el que la familia está tan unida. Su nombre significa “lealtad”, un significado que vi profundamente reflejado en su forma de vida. Su mundo gira en torno al mantenimiento del hogar, el cuidado de los niños y la atención a las necesidades de las 17 gallinas. Su trabajo suele pasar desapercibido, realizado entre bastidores en un desafío incesante durante todo el año para atender las necesidades de la familia.
Cada uno de los niños lleva su vida a su manera. Dos de ellos, Mohammed y Ahmed, van al colegio tres días a la semana, debido a las restricciones que afectan al sistema educativo en Cisjordania. Cada vez que se dirigen a la escuela, se adentran en un entorno impredecible, lejos de un hogar que no les hace sentir en casa en absoluto. Sadam y Omri son los niños pequeños que se quedan en casa, con sus propias rutinas infantiles que siguen su curso bajo el peso de las circunstancias que les rodean.
Estas condiciones amenazantes están ligadas a momentos concretos de horror que han dejado una huella imborrable en Mahmoud y su familia. Él recuerda dos ataques importantes perpetrados por colonos: uno el 1 de noviembre y otro más reciente, en diciembre. Cada incidente conlleva su propio sufrimiento, pero es el ataque de diciembre el que les resulta más duro de soportar. Ocho colonos rodearon la casa por todos los lados y atacaron las ventanas, que aún no habían sido reforzadas. Rompieron los cristales y lanzaron bombas de gas al interior de la casa. Durante el ataque, Omri, de seis meses, sufrió asfixia y tuvo que ser hospitalizado. La granja de ovejas de Mahmoud sufrió un ataque que se saldó con la muerte de tres ovejas y con heridas graves en una cuarta. El incidente estuvo a punto de costarle la vida a un niño y, mientras Mahmoud relataba la historia, pude ver la tensión en los ojos de todas las personas, como si estuvieran reviviéndolo una vez más.
Estos ataques de los colonos refuerzan el control de la ocupación israelí sobre el territorio palestino. Los colonos aterrorizan a las familias hasta el punto de que algunas huyen en busca de seguridad. Son quienes ejecutan la campaña de limpieza étnica de Israel contra las personas palestinas y contra la anexión de Cisjordania. Todos los asentamientos judíos – incluido el situado junto a la casa de Mahmoud – son ilegales según el derecho internacional. En julio del 2024, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) dictaminó que la ocupación israelí viola el Cuarto Convenio de Ginebra. Además, exigió el desmantelamiento de los asentamientos, el cese de su expansión y el fin de la ocupación ilegal. Sin embargo, esta llamada se lleva haciendo desde hace años sin que se haya producido ningún cambio real.
Y, sin embargo, la vida en el hogar de la Familia Daghameen sigue su curso, con resiliencia y perseverancia. Mahmoud sigue cuidando de sus ovejas, mientras Wafaa, entre bastidores, mantiene unida a la familia. Los niños acuden a la escuela y van avanzando en su trayectoria educativa. Estas vidas, aunque a simple vista parezcan corrientes, encierran también un significado de resistencia, de lo que les cuesta mantener el profundo compromiso con sus tierras.
A medida que mi visita llegaba a su fin y nos alejábamos en coche, la imagen de la casa se me quedó grabada en la mente. El edificio desprende una cierta tristeza, no solo por su estructura, sino por la pesadez que alberga en su interior. Sus ventanas revestidas de metal y su puerta blindada no solo aíslan la realidad del exterior, sino que también parecen atrapar ese peso en el interior. Sin embargo, son las personas que lo habitan las que le dan sentido, con las historias que comparten y el amor que transmiten. Wafaa y sus hijos se quedaron fuera despidiéndose con la mano y se apresuraron a volver al interior, conscientes de lo que les rodeaba, sin sentirse nunca en total tranquilidad, no teniendo un descanso total.


