La policía y les ladrones: cuando la ocupación invadió nuestra seguridad

Una mañana, unas personas soldado irrumpieron en el hogar de Ameera, registraron todo el lugar y se llevaron a su hermano. Esta es la realidad en muchos hogares palestinos.
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The aftermath of an Israeli raid on a Palestinian home.

El jueves 4 de abril, a las 7 de la mañana, mi hermano mayor entró corriendo en mi habitación junto con mi madre y mi padre. “Las personas soldado están rodeando el edificio”, él dijo, “y ya están en el segundo piso, se están acercando”. Antes de que terminara de hablar, oímos unos golpes muy fuertes en la puerta. Mi madre y yo nos pusimos los pañuelos, que teníamos justo al lado de nosotras, y mi padre y mi hermano fueron a abrir la puerta antes de que la derribaran.

En cuanto mi padre les abrió la puerta, dos personas soldado lo empujaron con fuerza contra la pared y lo golpearon. Las demás golpearon a mis dos hermanos, pero mi hermano mayor fue el que salió mas afectado. Le preguntaron su nombre, le revisaron su documento de identidad y empezaron a darle una paliza. Eran personas muy ruidosas y agresivas. Mi madre y mi padre decían: “¡Tenemos una bebé, está durmiendo dentro! Tenemos que ir a buscarla”. No paraban de decir: “Siéntense, no se mueva, no hable”. Fui inmediatamente a la habitación de mi madre y padre, abracé a mi hermana Misk, de tres años y medio, y regresé. Me gritaron y me pidieron que me sentara. Estaban con mucha agresividad, gritando todo el tiempo. Todo sucedió en unos pocos minutos.

Empezaron a registrar la casa, destrozándola y manipulando nuestras pertenencias. Luego nos pidieron a todes que saliéramos de la sala y fuéramos a la cocina. Mi padre y mi hermano pequeño fueron los primeros, y los empujaron. Después, seguimos mi madre, Misk y yo, con un soldado que nos vigilaba desde la puerta, impidiéndonos hablar o movernos. Mi hermano mayor temblaba de nervios; llevaba una camiseta y tenía mucho frío.

En ese momento, Misk empezó a despertarse y a darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. Mi misión era hacerle creer que estábamos jugando. No quiero que mi angelito sufra ningún trauma a esta edad. Estaba confundida sobre lo que estaba pasando.

“No se preocupe, pequeña”, le dije, “vamos a jugar a nuestro juego: a policías y a ladrones”.

“¿Él es el policía?”, preguntó ella.

“Sí”, respondí, “y nosotres somos les ladrones”.

“Pero yo quiero ser policía”, dijo ella.

Volvió la cabeza hacia el soldado y le pidió que le diera su arma.

“No es de verdad”, le dije. “Es de juguete, como las que compra nuestro hermano para jugar.”

Entonces el soldado se enfadó y con tono agresivo dijo: “Oskot,” – que significa “cállase” – en un mal árabe.

Silencio. Misk no entiende nada. Todes intentan averiguar qué es lo que ellas quieren, cómo acabará todo esto y cuánto va a costar.

Misk empezó a toser, y mi madre también. Le pregunté al soldado si podía traerles agua, pero él se negó y volvió a gritar.

No sé cuántas personas soldado había en la casa, pero seguro que más de quince. Una de ellas se acercó, agarró a mi hermano con agresividad y le dio una paliza.

Al cabo de unos minutos oímos a un soldado interrogándole.

‘’יפו הנשק ,איפו הנשק” (¿Dónde están las armas? ¿Dónde están las armas?)

Mi hermano no dejaba de responder: “No sé hebreo, hábleme en árabe”. Entonces le golpearon.

“Wein el-slah?”– ¿Dónde está el arma?

Mi hermano estaba muy confundido. “¿Qué arma?”, respondió. “No tengo ninguna”.

“Sí que la tienes”, dijo el soldado. “¿Dónde está?”

“Somos demasiado pobres para comprar un arma”, dijo mi hermano, “no tenemos ninguna”.

Entonces elles volvieron a pegarle.

Nos pidieron que volviéramos a la sala.

Después de una hora de registro, llegó un policía. Era el único que hablaba árabe. “Si tienen dinero u oro, agárrenlo», dijo. “Queremos registrar la casa”.

“Con todo esto en ruinas, ¿y aun así quieren registrar la casa?”, preguntó mi madre.

“Sí”, él respondió. “Aún no hemos encontrado lo que necesitamos”.

Mi hermano se unió a nosotras en el salón. Me quité la chaqueta y se la di; él estaba temblando.

Misk no paraba de hacer preguntas para las que yo no tenía respuesta. “¿Qué están haciendo? ¿Por qué se han llevado a nuestro hermano? ¿Puedo jugar con elles? ¿Dónde está mi juego de pistolas?”

Entonces empezó a decir: “¡Quiero ir al baño!”. Era el peor momento posible. ¿Qué podíamos hacer? Le pregunté al soldado, pero él se negó rotundamente. Le pedí a Misk que esperara.

El oficial del ejército se acercó a mi padre. “¿Tiene usted otra casa?”, le preguntó.

“Ni siquiera esta casa es nuestra”, respondió mi padre. “La alquilamos”.

“Esta bien, pero traeré una excavadora y derribaré este muro, y luego derribaré toda su casa”.

“¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?”

“Pregúnteselo a su hijo, no a mí. Yallah, váyase y siéntese”.

No paraban de golpear a mi hermano mayor y de preguntarle por el arma. Cogieron un trozo de tela con versículos del Corán escritos que estaba colgado en la pared y se lo pusieron para vendarle los ojos.

Después de dos horas – en las cuales nos retuvieron y destrozaron toda la casa – se llevaron a mi hermano y se marcharon.

“¿Se lo han llevado?”, preguntó mi madre.

“Sí”, respondió mi padre.

“Algún día él volverá”, dije. “No se preocupen”.

Mi madre se echó a llorar. Se habían llevado a su hijo. Y sabemos lo que se vive en la cárcel.

“Al menos está vivo”, le dije, “y algún día él volverá”.

Mi madre estaba destrozada. Intenté reunir toda la información sobre él y una foto de carné para poder ponerme en contacto con la Oficina de Coordinación del Distrito, o con cualquiera que pudiera ayudarnos, al menos a averiguar adónde se lo habían llevado.

Las personas vecinas empezaron a reunirse, a ayudarnos y a apoyarnos.

Al cabo de una hora y media, alguien nos dijo que lo habían dejado en libertad y que estaba en casa de un amigo. Lo habían llevado allí. “él nos lo ha contado todo”, dijeron, “denos el arma”. Él respondió: “No tengo nada”. Le destrozaron la casa, trajeron un perro rastreador, asustaron a su mujer y la obligaron a abrir la tienda de su marido.

Después de registrarles a ambos y de revisar sus teléfonos, no encontraron nada y les dejaron en libertad. Mi hermano volvió a casa y lo abrazamos. Fueron las peores cuatro horas de mi vida. No dejaba de pensar en las personas que llevan años sin ver a sus familiares y seres queridos.

La casa estaba en un estado lamentable. No dejaron nada en su sitio; todo estaba destrozado, tirado por el suelo. Mi madre, la mujer que dedica horas y horas a mantener esta casa limpia y segura para nosotres, sus hijes, quien no nos deja entrar con los zapatos puestos. Aun así, esas personas sionistas irrumpieron en la casa y violaron su intimidad, pisoteando el suelo con sus botas manchadas de depravación, vileza y la sangre de mi pueblo.

Mi padre – nuestro hombre fuerte, aquel a quien acudimos cuando tenemos miedo y necesitamos protección – ni siquiera pudo protegerse a sí mismo de sus armas y de todo su equipo militar.

Mi hermano – que hasta el día de hoy sigue sufriendo y sintiendo cada golpe que recibió en el cuerpo – fue acusado de tener un arma y recibió una paliza terrible.

Mi pequeña Misk, ¿qué ha hecho para tener que pasar por esto a su corta edad? ¿Por qué se le ha negado la posibilidad de hablar, moverse, jugar o incluso ir al baño? ¿Por qué ella tiene que ver cómo golpean a su hermano y cómo llora su madre? ¿Por qué ella tiene que ver cómo su casa se convierte en un caos total?

Me asustaron, no porque les tenga miedo – me he enfrentado a las personas soldado muchas veces y realmente no me importa lo que me pase – sino porque temía por mi familia, por las personas a las que quiero y a las que pertenezco. Las personas soldado pueden hacerles daño, ¿y quién puede detenerlas? ¿Quién puede cuestionarlas? Hicieron lo que hicieron y no encontraron nada. ¿A quién le importa?

Nos robaron nuestro dinero, nuestra seguridad, nos gritaron en un idioma que no entendemos. Incluso nos robaron el desayuno que tenía pensado tomar con mi familia en mi día libre, ese día libre que espero toda la semana para pasar con elles. En su lugar, lo pasamos limpiando y ordenando, y atendiendo a la gente que venía a preguntarnos qué había pasado.

Y cuando alguien pregunta a mi madre y a mi padre qué ha pasado, elles responden: “Alhamdulillah, nada. Nuestro hijo ha salido de la cárcel. Nada más importa”.

¡Nada! ¿Después de todo eso, y aun así sienten agradecimiento de que no lo detuvieran?

Esto es algo que he oído no solo de mi propia familia, sino también de demasiadas personas palestinas. Siempre estamos esperando que se produzca una violencia extrema y, cuando no ocurre, nos alegramos e ignoramos lo que ha pasado. ¿Será nuestro instinto de supervivencia? ¿Es que siempre nos esperamos lo peor?

Nosotres no vivimos en H2, la zona bajo control israelí. No tenemos nada y no hemos hecho nada. ¿Pero eso les ha detenido? No. En lo absoluto. Siento que no tenemos ni un solo metro cuadrado de seguridad. Somos blanco de ataques constantemente, en todas partes. Lo que le ha pasado a mi familia es solo una pequeña muestra de toda la violencia y la opresión a las que nos enfrentamos cada día. Y la gente sigue diciendo “Alhamdulillah.”

¿Qué más nos pueden hacer?

Mi madre dijo algo que me impactó y que nunca olvidaré:

“Todas las personas, sin excepción, estamos empapadas de queroseno, y el fuego nos alcanzará a todas.

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