Fronteras: Resistiendo muros

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Normandy fence.jpg

por Peggy Gish

Los muros toman muchas formas. Pueden ser palabras, miradas o acciones que nos distancian los unos de los otros, o estructuras físicas que nos protegen del clima o a los más vulnerables de peores daños. Pero los muros que vimos en la frontera entre Arizona y México en la delegación de los Equipos Cristianos de Acción por la Paz eran hechos de concreto, metal y piedra, o de amenazas para privar a las personas de sus derechos o para dejar por fuera a los agotados, los pobres, las “masas amontonadas anhelando respirar libertad”, como nos recuerda el mensaje en la Estatua de La libertad en el puerto de entrada en el oriente de Estados Unidos.

Hay muros hechos de listones de hierro decorados con concertina de seguridad. En algunos sitios un segundo muro de malla de metal en capas corre en paralelo. En zonas donde el agua inunda por los arroyos durante la lluvia monzónica, grandes barreras de hierro permiten que el agua corra. Más allá de los pueblos aún existen las cercas originales construidas de alambre en 1880, con más alambre de púa agregado. Estas son a veces atravesadas con viejos rieles de ferrocarril a los que llaman “cercas de Normandía”. Todos estos están fortalecidos con intensa vigilancia tecnológica.

Aparentemente un medio de seguridad, estas barreras son en realidad un monumento al miedo y al racismo; son una extensión de la historia colonial de los Estados Unidos y un recuerdo de que los EE. UU. tomo la mitad del territorio mexicano después de la guerra de 1846-48. Han sido herramientas de control conteniendo a las personas de color en un sitio de inferioridad y manteniendo la supremacía blanca. Atraviesan territorios de pueblos indígenas—violando su soberanía y perturbando a comunidades y ecosistemas. Billones de dólares de contribuciones tributarias van a parar en manos de compañías privadas que construyen estos muros y dirigen los centros de detención. María Padilla, miembro del pueblo indígena mayo y trabajadora de salas de emergencia, nos recordó que el estado-nación opera como una fuerza policiva en función de los más ricos—los cuales no tienen fronteras—mientras que a los pobres y a la clase trabajadora, a los que se les hace creer que éste existe para su beneficio, se les exige patriotismo.

El muro fronterizo no tiene como función mantener a los inmigrantes por fuera, existe solamente para frenarlos, para atraparlos y detenerlos. Con militarización incrementada en ésta zona fronteriza, los inmigrantes desesperados, que no tienen como cruzar legalmente, tienen que desplazarse más lejos aún, a zonas más peligrosas, para evadir la detención. Así mueren muchos más, sufren terribles traumas y son encarcelados por el crimen de querer escapar sus circunstancias desesperantes. Lupe Castillo, profesora de historia pensionada de ascendencia hispánico-indígena, llama a este sistema de criminalización “el muro invisible”.

Hay que derribar estos muros.

En contraste existen muchas organizaciones creativas y personas dedicadas en ambos lados de la frontera que protestan y resisten los efectos del muro, e incluso arriesgan su propia seguridad para cuidar y asistir a los inmigrantes en su trayecto. Varios negocios cooperativos están creando alternativas a la carencia económica y la opresión por las cuales muchos intentan escapar de sus hogares.

Butterfly mural, Carol Leland, 5-1.jpg

Como signo de resistencia al muro, existen también los murales pintados con colores brillantes cerca a los puertos de entrada. Estos narran la verdad sobre el muro o intentan “borrarlo”, minimizan su poder, rechazan la fealdad del muro para que no defina el rol que la frontera debe tomar. Por esto, las mariposas pintadas muestran la libertad de vuelo que deberían tener los inmigrantes, los listones se transforman en teclados de piano y una puerta abierta simboliza la alternativa por la que debemos trabajar.

Los miembros de nuestra delegación salieron de la frontera sintiendo la urgencia de contar la verdad y de encontrar alternativas mientras trabajamos por una sociedad mas justa, acogedora, y menos brutal, que construye—en vez de muros militarizados—más puertas.

 

 

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