Rodeada de cocodrilos en una casa naranja

En Cisjordania, 21,000 hogares se han visto destrozados por el encarcelamiento de una persona integrante de la familia. Ameera Al-Rajabi reflexiona sobre el costo humano del encarcelamiento masivo.
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A Palestinian skyline

Si pintáramos de color naranja todas las casas de Cisjordania en las que se ha detenido a un palestino durante la reciente agresión en Gaza, 21,000 casas cambiarían de color a lo largo del paisaje.

Deje que su mente entre en estas casas y piense en las familias que fueron arrestadas. Cada una de ellas intentaba llevar una vida normal, probablemente durmiendo plácidamente por la noche, cuando oyeron cómo su puerta se abría de golpe, seguida del sonido de botas pisoteando su hogar. Los niños y las niñas gritan con terror mientras los sacan a rastras de sus camas y les obligan a entrar en una habitación a punta de pistola. Las personas soldado registran cada rincón, tirando la ropa de los armarios, volcando los muebles, rompiendo las fotografías familiares y destrozando todo lo que encuentran a su paso. Ven cómo obligan a su padre, hermano o hijo a tumbarse en el suelo, con las manos atadas con bridas tan apretadas que el plástico les corta la piel. A veces las personas soldado le vendan los ojos allí mismo, delante de sus hijes. A veces le golpean antes de arrastrarlo fuera. Entonces, un grupo de personas soldado se lleva a una persona integrante de la familia a un destino desconocido. La familia debe ponerse en contacto con diferentes organizaciones solo para averiguar dónde ha ido su ser querido, a qué prisión. La única acusación: son personas palestinas.

Después de que las personas soldado se marchan, la familia se sienta entre los escombros. La puerta cuelga rota de sus bisagras. El cristal cruje bajo los pies. La casa parece diferente ahora, violada, ya no es segura. La silla vacía en la mesa se convierte en un recordatorio constante. Comienza la espera, los días se convierten en semanas sin información. La familia no sabe si lo han golpeado, si él ha recibido atención médica, si él siquiera sabe que están tratando de encontrarle.

Las personas residentes de las casas naranjas no saben casi nada sobre sus familiares en encarcelamiento, salvo la escasa información que les proporcionan las personas en defensa jurídica, quienes, en el mejor de los casos, pueden visitarles cada pocos meses durante unos minutos. Las familias se ven privadas del derecho a visitar a sus seres queridos. Las personas que han sido liberadas cuentan historias que acechan en las casas naranjas. Hablan de celdas diseñadas para seis personas en las cuales ubican a veinte, de dormir por turnos porque no hay espacio suficiente en el suelo para que todas las personas puedan tumbarse a la vez. La comida llega en mal estado y es insuficiente. Las personas presas pierden una cantidad considerable de peso. A quienes padecen enfermedades crónicas se les niega la medicación, y ven cómo se deteriora el estado de salud de sus compañeres de carcel, mientras que sus solicitudes de atención médica son ignoradas o denegadas. La tortura es tanto física como psicológica. Las personas presas describen cómo las golpean durante los interrogatorios, les obligan a permanecer en posturas incómodas durante horas, les privan del sueño durante días y les mantienen en celdas de aislamiento no más grandes que un cuarto de baño, sin ventanas y sin contacto humano. Los registros corporales son habituales y humillantes, diseñados para quebrantar la dignidad. Les guardias actúan con impunidad y las personas presas que se quejan sufren represalias.

Me imagino a una hija navegando por Instagram y, de repente, viendo un vídeo en el que personas soldado israelíes atacan a su padre y lo golpean. O a una madre viendo un vídeo en el que las personas soldado sueltan a unos perros contra su hijo y estos le desgarran la piel. Se entera de que matan de hambre a las personas prisioneras y les niegan comida y agua adecuadas. Pero el sufrimiento de las familias va mucho más allá de estos horribles momentos. Cuando arrestan al sostén de la familia, toda la economía doméstica se derrumba. Las esposas que nunca han trabajado fuera de casa deben encontrar de repente la manera de alimentar a sus hijes. Los gastos legales agotan todos los ahorros que tienen. La esposa se convierte en madre y padre, asiste sola a las reuniones, toma todas las decisiones sola, consuela sola a les niñes que lloran. Se queda despierta preguntándose si su marido tiene frío, si le han pegado, si piensa en elles.

Les niñes dejan de dormir toda la noche. Se sobresaltan con los ruidos fuertes. En la escuela, se quedan mirando por la ventana, incapaces de concentrarse. Hacen preguntas que su madre no puede responder: “¿Cuándo volverá Baba a casa?”, “¿Por qué se lo llevaron?”. ¿Cómo explica una madre la ocupación a un niño o una niña de seis años? La madre y el padre, ya adultes mayores, envejecen de la noche a la mañana, tras haber enterrado a hijes bajo las balas israelíes, sin saber si volverán a ver a este hijo. A su edad, cada día que su hijo permanece encarcelado puede ser un día más cerca de morir sin verlo.

Quizás el aspecto más cruel de este sistema sea el trato que se da a les niñes. Niñes de Palestina de tan solo doce años son arrestades, juzgades en tribunales militares y encarcelades. Estes niñes son arrestades por lanzar piedras, por estar en el lugar equivocado, por parecer sospechoses. Son sacades de sus camas en redadas nocturnas, interrogades sin la presencia de sus padres, sin personas en su defensa jurídica. En las salas de interrogatorio, se les somete a tácticas diseñadas para aterrorizarles, amenazas contra sus familias, abusos verbales y, en ocasiones, violencia física. Las personas interrogadoras les muestran confesiones escritas en hebreo, un idioma que la mayoría no lee, y les presionan para que las firmen. Dentro de las prisiones, les niñes están recluides junto con personas adultas en celdas superpobladas. Se les niega la educación, su escolarización se interrumpe el día en que sufren el evento. Meses o años de su infancia se pierden entre celdas de hormigón y barras de metal. Cuando finalmente son puestos en libertad, regresan ya con cambios. La luz se ha apagado en sus ojos.

Un padre lee en las noticias que el ministro israelí Itamar Ben-Gvir continúa con su incitación publica a mantener una política sistemática de genocidio dentro de las prisiones israelíes a través de sus repetidos llamamientos a matar y a torturar a las personas palestinas detenidas, promovidos en las redes sociales con el apoyo de una poderosa maquinaria mediática. La ‘Palestinian Prisoners’ Society’ (Sociedad de Prisioneros Palestinos) afirmó en un comunicado que esta incitación coincide con peligrosas medidas legislativas en el Knesset destinadas a aprobar una ley para ejecutar a las personas palestinas detenidas y establecer un tribunal excepcional sin garantías judiciales. El canal hebreo, Canal 13, informó de que Ben-Gvir propuso crear un centro de detención rodeado de cocodrilos para recluir a las personas palestinas prisioneras. Otra esposa lee este artículo e imagina cómo su marido está luchando por dentro. Sus hijes no dejan de preguntarle por él, pero ella no tiene respuestas. Tiene que explicar a su hijeo qué significa “rodeado de cocodrilos”, y creo que la mayoría de las personas presas nunca han visto un cocodrilo en su vida.

No quiero referirme en este artículo al derecho internacional, porque no funciona en la vida real. Las Convenciones de Ginebra, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención contra la Tortura; son documentos hermosos que no significan nada cuando el poder decide ignorarlos. La comunidad internacional emite declaraciones de “preocupación” sin hacer nada para detener la tortura, el encarcelamiento sin cargos y el abuso de menores. ¿De qué sirve el derecho internacional si solo se aplica a las personas indefensas? Las familias de las casas naranjas no necesitan más observadores internacionales que documenten su sufrimiento. Necesitan que sus seres queridos vuelvan a casa.

Y solo estamos hablando de personas detenidas en los últimos dos años y cuatro meses. Todavía no he mencionado a aquellas personas que llevan 30 o 40 años en prisión. Imagínese sufrir encarcelamientos antes de que nacieran sus hijes, y ahora esos hijes tienen hijes propies a quienes usted nunca ha conocido. Imagínese perderse todos los cumpleaños, todas las bodas, todos los funerales. Estos personas presas condenadas a largas penas han pasado más tiempo de su vida en prisión que fuera de ella. Sus familias han envejecido junto a elles, y sus esposas han criado a sus hijes solas durante décadas. Algunos de estos presos tienen ahora nietos que llaman “abuelo” a otra persona, porque nunca han conocido al hombre que está en prisión.

¿Qué en este mundo puede aliviar su sufrimiento? ¿Qué puede calmar sus corazones ante esta inmensa aflicción? ¿Quién los escuchará, les dará respuestas, les infundirá esperanza y los convencerá de que lo que está sucediendo es conocido por todo el mundo, aunque se trate como algo normal y a nadie le importe? Las familias de las casas naranjas no buscan lastima. Buscan justicia, buscan que se tomen medidas, que el mundo les vea como seres humanos merecedores de derechos básicos. Buscan que sus seres queridos regresen a casa, que cesen las redadas nocturnas, que sus hijes duerman tranquilos sin miedo.

¿Cuántas casas más deben pintarse de naranja antes de que el mundo decida que las vidas palestinas importan?

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