Historias lejanas, dolores cercanos

Dos historias más de luchas que se hermanan, para así desdibujar sus fronteras.
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Museo Yasser Arafat, Palestina 2017. Marcela Cárdenas

traducido al inglés por Jorge Eciso Harder

Esas manos

Hace algunos años leí un reportaje sobre Palestina, el cual iba acompañado de sentidas imágenes, pero dentro de ellas, tengo grabada en mi memoria una muy particular: la imagen de unas manos sosteniendo una llave, transmitiendo historia. Eran las arrugadas manos de Kafra, una abuela de 117 años; y esa llave que sostenía, no era una llave cualquiera.

El horror por la tierra, sobre esta tierra

En 1947 las Naciones Unidas partieron arbitrariamente a Palestina en dos, creando así lo que se conoce hoy como Israel y lo que quedó de los territorios Palestinos. Rápidamente, para marzo de 1948, ya las tropas israelíes estaban irrumpiendo violentamente territorio palestino, destruyeron aldeas, robaron las tierras y propiedades, forzando el desplazamiento de más de 750.000 personas palestinas, y la consecución de más de 70 masacres, donde se asesinaron aproximadamente 15.000 personas. A este hecho se le conoce como la Nakba, palabra árabe que significa “catástrofe” [1].

Las familias palestinas tomaron lo que tenían a la mano, lo fundamental, lo que creyeron poder necesitar en el camino, entre ello, algo tan básico como simbólico: las llaves de sus hogares, reflejo de la esperanza que tenían de regresar. Pero hoy, 72 años después, ese sueño aún no se cumple, ese derecho aún no se les respeta.

“Cuando las familias salen, son esos abuelos, que tuvieron sus hijos, luego esos hijos tuvieron hijos y esos nietos también tuvieron hijos, entonces la familia crece, si en 1948 eran 750.000 personas, hoy en día los que estamos fuera de Palestina somos más de 7’000.000 a quienes se nos niega el derecho a retornar,” me expresa Jaldía Abubakra, hija de esa diáspora palestina que habita muchos rincones del mundo, pero que se mantiene arraigada a la raíz de sus orígenes.

A Jaldía la conozco en su activismo, la respeto en su lucha, y la acompaño en la denuncia. Ella es fundadora del movimiento de mujeres palestinas Alkarama, y haciendo un ejercicio de memorias y nostalgias, me cuenta que su familia fue desplazada en esa Nakba de 1948, eran de Beerseba, una ciudad que queda al sur de Palestina, pero fue anexada a la fuerza por Israel.

El ejército israelí invadió Beerseba destruyendo gran parte de su territorio y expulsando a todos sus habitantes palestinos hacia la Franja de Gaza. Colonizaron la ciudad y se prohibió el retorno de la población. “Yo nací en Gaza, ya he nacido con el estatus o la categoría de refugiada, por circunstancias de la vida tuve que salir, y vivo ya hace muchos años en Madrid, España. Pero sigo atada a mis orígenes, porque es muy importante que cada uno de nosotros, nazca donde nazca, sepa cuáles son sus orígenes, porque es la llave del retorno, saber de dónde vienes para saber a dónde volver. Esa es nuestra lucha: el retorno.”

La escucho, mientras recuerdo la imagen de las manos de aquella abuela y su llave…

Confieso que nunca pude olvidar esa imagen, la imprimí, la guarde, aún la conservo. Y es que ¿cómo olvidar esas manos? Si esas manos son familiares, si esas manos ya las he visto antes, tocado antes, besado antes. Esta historia que relata Jaldía ¿cómo no sentirla viva dentro de mí? si es también la historia de tantas amigas y amigos, quienes han compartido sus vidas conmigo, quienes debieron un día salir huyendo perseguidas por el terror, es la historia de ellas y de las más de 7’000.000 de personas desplazadas internas como consecuencia del conflicto armado en Colombia [2].

Esa Palestina tan lejana, pero ese dolor tan cercano

Era un 24 de diciembre cuando Gloria Amparo, defensora de Derechos Humanos en Colombia e integrante de la Organización Femenina Popular – OFP, recibe una llamada.

Era su vecina, que le decía entre angustias “Mamacita cuídese, mamacita sálgase de ahí, María, tiene 15 hombres en la casa y le tienen el marido amarrado y Flor, la vecina del otro lado, está en las mismas y le tienen el hijo en la esquina, los paracos mamacita, los paracos están metidos en las casas de las vecinas, sálgase que le van a hacer daño a usted y a los pelaos.”

Ella rememora la historia, pero también remueve sus penas, trata de hacerme viajar en el tiempo con ella, pero yo ya no sé si ese terror fue en Palestina o en Colombia, pero quizás eso es lo que menos importa cuando hablas de huir, de dejar tu hogar.

“Cogí tres bolsas, y lo primero que eché fueron los regalos de mis hijos de navidad, lo segundo que eché fueron los estrenos de mis hijos, y después otras cositas. Justo mi esposo regresaba a la casa, venía de hacer mercado, él entró, yo cerré y enseguida le dije: “nos tenemos que ir.” Él me mira y me dice “¿qué pasó?” y le digo “los paracos están acá y acá [señalando las casas vecinas]. Nos fuimos en la moto, él con un niño adelante yo con el otro, las tres bolsas que habíamos empacado y el mercado.”

“Intentamos volver, pero el comandante paramilitar de la zona dijo que no lo permitiría, que era la vida de nosotros o la muerte, que eligiéramos. Así que le entregamos las llaves de nuestra casa a un vecino en una estación de gasolina y le pedimos que nos recogiera todo, mi esposo entró un camión al otro día, como un ladrón a desocupar nuestra propia casa. Yo nunca quise dejar mi casa, para mí significaba mucho, aunque para otros no fuera tanto; a mí me gustaba mucho el patio, porque mis hijos eran felices y no corrían ningún peligro, ese patio era su guarida, era su todo. Para mí, era el palacio más bonito, pero nunca más pude volver” Gloria concluye con un suspiro, llamando al silencio para contener el llanto.

Siguiendo la ruta de las llaves

Hace tres años, siguiendo la ruta por la que me ha llevado la llave, me encontré recorriendo el museo de Yasser Arafat en Ramallah, en la mismísima Palestina. Allí, vi las históricas llaves que memorizan esa Nakba, llaves de otras Kafra, de esas otras abuelas, de esas otras historias. Y este mismo camino me trajo a recorrer con Gloria, la Casa Museo de la Memoria y Derechos de las Mujeres en Barrancabermeja, Colombia, territorio que tampoco ha sido ajeno al dolor.

Sumergida en un recorrido de mil y un historias a lo largo del museo, encuentro lo que vine a buscar, o quizás, quiero pensar, que un relato me encontró a mí. Es la historia de las llaves de las mujeres de la OFP. Honestamente, jamás pensé estar en un museo frente a otras llaves que simbolizaran tristezas, pero también luchas que se niegan a morir.

Las llaves o la casa 

“En la mañana del 27 de enero de 2001 los paracos llegaron a la casa de la mujer pidiendo las llaves. Las mujeres que estaban ahí dijeron que no tenían las llaves, así que nos daban hasta la 3:00 de la tarde para que tuviéramos la casa desocupada y entregáramos las llaves, solo porque ellos querían esa casa.”

Ese mismo día, a los habitantes de otro barrio llamado Pablo Acuña, los paramilitares les dieron dos horas para salir de sus casas o de lo contrario serían asesinados. Lo que jamás alcanzaron a imaginar los paramilitares, es que a las tres de la tarde, esa casa de la mujer en el suroeste de la ciudad, la misma casa que tenía un comedor comunitario, que ofrecía talleres de arte y música para jóvenes, que capacitaba mujeres empobrecidas y que tenía que estar desocupada, esa misma casa, justo a esa hora, también se convertiría en un refugio humanitario albergando a 18 familias, más de 100 personas con trasteo, perros, gatos y pollos, así que la casa toma otra dimensión y las mujeres deciden no entregar las llaves.

Pero, (siempre hay un molesto “pero”) “a raíz de que no entregamos las llaves, empezamos a recibir amenazas, decían que iban a volar la casa, y hacían balaceras alrededor para asustar a la gente, nos turnábamos para hacer guardia junto con las organizaciones de acompañamiento internacional y ahí resistimos.”

Otra casa, otra suerte

Llegó el 11 de noviembre de 2001 y “la señora que me ayudaba a cuidar mis hijos me llamó y me dijo “Gloria, se robaron la casa de la mujer” y yo le dije “¿se metieron los ladrones?” y dijo “no, se la robaron, se la llevaron toda.” Y yo le decía “María yo no le entiendo, ¿cómo así? Ella me explicaba “Gloria se la llevaron, no dormimos, toda la noche la picaron, incluso mi marido no pudo entrar a la casa y tuvo que quedarse en otro lado porque no lo dejaron entrar al barrio, ellos se robaron la casa.” pero yo, aun así, no entendía.

Gloria se fue con otras mujeres a ver de qué se trataba, ¡y claro!, cómo Gloria iba a entender o siquiera imaginar que llegaron más de 30 hombres, y en una sola noche, tumbaron la casa del norte a punta de pico y pala, se llevaron hasta los escombros y no dejaron nada excepto el tubo del agua y el techo de paja que quedó en el suelo. Todo lo destruyeron, todo lo recogieron y todo se lo llevaron.

A raíz de eso, la OFP inicia la campaña de las llaves, y decían:

“mi cuerpo es mi casa, mi casa es mi territorio. No entrego las llaves”

“Las llaves son por la vida, para la paz y no para proyectos de muerte”

Los museos: recuerdos, luchas y legados.

Cuando se destruye una estructura física, se pretende borrar el rastro de la existencia, acabar la vida, desaparecer la verdad, detener la lucha, inundar con miedo para ahogar la esperanza. Pero en la resistencia ves que lo real no eran los cimientos ni el concreto, sino lo que sostenía ese hogar en esencia son las luchas que permanecen, aunque sólo queden las llaves en los museos.

Entonces las historias, como los museos, no están para crear universos paralelos, ni contar realidades distantes y ajenas, están hechos para entrelazar vidas, para conectar la memoria colectiva en una lucha contra el olvido. Estos museos, para mí, conservan la memoria de lo vivido, la evidencia de la fuerza con la que se luchó, y el esfuerzo permanente para heredar los legados.

Las llaves entonces reposarán en los museos, pero las luchas se mantendrán vivas fuera de ellos.

Simbolismos y algo más

“La llave no es en sí la llave material, son los recuerdos, cuando estoy con mi familia, procuro sentarme con los mayores para que me cuenten cosas de cómo vivían en nuestra tierra, como eran las costumbres, cómo era el paisaje, preservamos el bordado palestino, la kiffiya, la forma de hablar, la forma de bailar, las canciones folclóricas antiguas que seguimos aprendiendo y escribiendo para que no se pierdan. Entonces la llave es lo que tú conservas en tu memoria y ese conocimiento que tienes de tus orígenes, porque la llave en sí no es la que te va a permitir volver, sino la lucha que estás haciendo para poder volver, todo el trabajo, el activismo, esa es la llave del retorno.”

Y es que efectivamente estas llaves, hoy símbolos de resistencia, no pretenden ser usadas literalmente para abrir puertas físicas, sino la puerta de la dignificación, la recuperación del derecho a ser y permanecer donde habitaron los sueños todos estos años. Pero no ha de ser así por el mero hecho de ser símbolos. Para Gloria, por ejemplo, los simbolismos deben ir acompañados “con convicción y el amor por lo que se cree” a lo que Jaldía agrega que “debe acompañarlos el trabajo constante y mucha paciencia, resistencia y resiliencia.”

Herencias históricas, sus llaves. 

Antes de despedirme de cada una, les pregunté cuáles son sus propias llaves como herencia histórica, porque soy una convencida en los cambios generacionales, y el buen camino que ya se ha labrado, por ello, la sabiduría de las mujeres que luchan ha sido y debe ser la herencia de quienes quieren heredarla.

La herencia de Gloria: “Yo dejo lo mismo que le digo a mis hijos, la enseñanza del amor por lo que tenemos, por la tierra, la convicción de siempre actuar en consecuencia con los menos favorecidos, ser justos. Porque las cosas tienen sentido y son muy importantes, solo si les sirve a los demás”

La herencia de Jaldía: “El amor a la lucha, el amor a Palestina, el conocimiento de nuestras tradiciones, nuestra cultura, nuestra civilización. Tengo esperanza en la gente joven, del aprendizaje generacional y el conocimiento que nunca acaba.”

Aunque nunca se hayan conocido, aunque nunca se hayan estrechado, lo cierto es que hoy nos estamos leyendo. Para nuestra dicha.

Aquí, dos historias más de luchas que se hermanan, para así desdibujar sus fronteras.


[1] Ilan Pappé, La limpieza étnica de Palestina; Crítica, Barcelona, 2008.

[2] ACNUR. “Hay más víctimas de desplazamiento forzado en Colombia que número de habitantes en Costa Rica”.  December 26th, 2018; https://rb.gy/xrxkcq.

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