Una cuestión de humanidad

Gran parte de Cisjordania ocupada se declaró en huelga tras la muerte de Nasser Abu Hmaid, un luchador palestino por la libertad a quien le negaron tratamiento contra el cáncer mientras estaba en una prisión israelí. El voluntario de ECAP Louis Bockner, que se encontraba en Hebrón el 20 de diciembre día del fallecimiento, reflexiona sobre aquella mañana y los acontecimientos que se desencadenaron.
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Palestinians wait to be let through Israeli checkpoints. A soldier is visible through the rungs of the turnstile.

Estoy en el trayecto matutino de las escuelas y observo el puesto de control de Abu Rish con Ahmad, cuando nos enteramos de la muerte de Nasser Abu Hmaid. Niñas y niños comienzan a salir por montones de las escuelas a las que habían acabado de entrar, se amontonan con alegría en las calles antes de dispersarse lentamente en diferentes direcciones. La noticia de la huelga se extiende rápidamente. Cisjordania entera se levanta en protesta por la muerte de Nasser, las escuelas y los negocios cierran, se organizan discursos y marchas. Ahmad sabe de inmediato lo que todo esto implica: acciones y altercados por toda la ciudad. Habíamos planeado viajar a las colinas del sur de Hebrón esa tarde, pero decidimos quedarnos en la ciudad para documentar lo que ocurra.

Todo comienza de camino a casa cuando el escozor del gas lacrimógeno residual nos golpea los ojos y la garganta. Sacamos nuestros pañuelos para cubrir nuestras bocas y Ahmad entra a una farmacia a comprar hisopos con alcohol. Al acercarnos al puesto de control de Al-Salamayeh, lo encontramos cerrado con una docena de hombres y algunas niñas y niños esperando. Después de 15 minutos, 20 minutos, media hora, se inquietan y exigen respuestas.

—Había chicas y chicos lanzando piedras entonces tuvimos que cerrarlo —les grita una persona que es soldado, desde un puesto de guardia elevado.

—Pero ya se fueron —responden ellos—. Nosotros no hemos hecho nada.

Nos podrían dejar pasar y sortear el conflicto inevitable que vendrá, pero en vez usan este pequeño acto de agresión inofensiva por parte de jóvenes frustrados como excusa para castigar a la totalidad colectivamente. Además, la provocación por parte del opresor es una táctica poderosa cuando los oprimidos no pueden defenderse y están acorralados por un sistema que controla la ley, la policía y el sistema judicial.

El debate continúa. Llega más gente, un par de personas se van. Fuera de la persona soldado en la torre, el punto de control parece estar desierto. Luego llegan dos soldados. Si llegan a los 20 años no es por mucho y me recuerdan a las chicas populares del bachillerato a las que nunca llegué a entender, solo que estas tienen ametralladoras y cascos antibalas. Una de ellas se adelanta y grita a un joven en hebreo, extiende la mano a través de los barrotes para agarrarlo, e intenta arrastrarlo hacia la verja de acero. Él la empuja, la tensión aumenta, la media docena de chicas y chicos retrocede.

El más hablador de los hombres en espera ha estado llamando a la gente en dos teléfonos móviles. Luego comienza a hablar en inglés, quizás porque no habla hebreo y ella no habla árabe o quizás porque yo estoy ahí. Habla de los derechos humanos y de cómo no los pueden tratar como animales. La mano de ella se extiende hacia delante, los dedos agarran una barra de acero iluminada por un rayo de luz matinal. Lleva guantes negros sin dedos que dejan ver unas uñas de gel verdes, puntiagudas y en forma de garra. Dudo en hacer la foto, no quiero agravar una situación ya de por sí volátil, y entonces su mano desaparece junto con el momento que queda grabado en mi mente, pero no en mi cámara.

La otra soldado se adelanta, gritando a la multitud que retroceda, pero nadie se mueve.

—No estamos haciendo nada —dice de nuevo el hombre—. Somos seres humanos, tenemos derechos.

Ella comienza a perder los nervios, amenaza con usar la fuerza, gesticula con su pistola, apunta a través de los barrotes y le dice a su compañera que abra la verja para poder entrar entre la multitud. Levanto la cámara con la esperanza de captar sus ojos iluminados por la luz que atraviesa las rendijas de los barrotes. Hago una foto. Sé que no estoy lo bastante cerca, pero tampoco quiero estarlo.

Me grita en hebreo.

Me encojo de hombros.

—¿Habla inglés? —me pregunta.

Asiento con la cabeza.

—¿Quieres tomar mi foto? —me grita—. ¿Quieres tomar mi foto? Pues ven acá. —Me hace señas para que me acerque, desafiándome a moverme.

—No, gracias —digo.

—¡Ven acá, toma mi foto!

—No pasa nada, aquí estoy bien.

Me pregunto qué ocurriría si avanzo hacia ella. ¿Me agarraría? ¿Me empujaría? ¿Me quitaría la cámara? Quién sabe.

Poco después abren el puesto de control y dejan pasar a un par de personas a la vez. Registran a adultos y anotan sus documentos de identidad, mientras chicas y chicos caminan en pequeños grupos y ofrecen sus mochilas para que las registren. Me pregunto qué estarán pensando. ¿Estarán asustados o es algo tan rutinario que apenas se mencionará cuando lleguen a casa? Ahmad y yo esperamos a que casi todos hayan pasado antes de devolvernos.

—Tomaremos un taxi hasta la entrada a la Ciudad Antigua —dijo—. Podríamos pasar, pero sólo nos acosarían.

Asiento con la cabeza y agradezco que no nos hayan detenido. El trayecto en coche, por las sinuosas calles de la zona H1, controlado por personas palestinas, dura más que si hubiéramos ido a pie, lo que me da tiempo de sobra para reflexionar sobre lo que acaba de ocurrir. Sobre todo, me asombra la compostura de la gente que espera frente a la reja a pesar de las amenazas de violencia y provocación. Por un lado, veo el simple hecho de mantenerse pacíficamente firmes como una increíble y virtuosa hazaña humana. Por otro, veo su contención como una prueba del increíble desequilibrio de poder bajo el que viven y que comprenden profundamente, donde defenderse, incluso en defensa propia, sólo puede llevar a la detención, el arresto o la muerte.

Pienso en las palabras del hombre, pronunciadas con calma, pero con la evidente frustración de alguien que lleva décadas lidiando con estos actos arbitrarios de opresión. «Somos seres humanos, tenemos derechos». Es una afirmación que debería ser innegable en su verdad, pero aquí, en esta ciudad segregada y controlada por militares, en terreno ocupado, la frase suena hueca. En la máquina de la ocupación, la humanidad de una persona se reduce a una súplica y a un sueño, más que a una realidad.

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