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Una experiencia de vida bajo ocupación: cierres, retenes y hostigamiento impregnan todos los aspectos de la vida cotidiana
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Un túnel se ha transformado en un puesto de control, con jaulas de hierro de una pared a la otra y un torniquete a cada lado de la jaula de hierro.
El puesto de control de la ocupación israelí ubicado justo antes de la Mezquita Ibrahimi en Hebrón/Al-Khalil

Miro por la ventana. Tan solo a unos metros de distancia está el cementerio donde mi padre está enterrado. Quiero visitar su tumba, podría llegar a ella en menos de un minuto, puedo ver el lugar donde descansa desde mi ventana. Pero no puedo simplemente cruzar la calle. Tendría que tomar otro camino y conducir durante media hora para sortear los retenes y el muro que separa un área de la otra. La calle frente a mi ventana, ni siquiera puedo cruzar esa calle porque es exclusiva para les colones y prohibida para les palestines. En este corto tramo del camino hay varios retenes militares para proteger y vigilar la seguridad de la ruta de les colones, pero mi seguridad no tiene importancia.

La tristeza me asalta cuando entro a la ciudad antigua, estrangulada por retenes, calles clausurudas y bermas de cemento. Sus mercados solían ser un caleidoscopio cultural, el centro de la ciudad estaba lleno de vida, movimiento, actividad comercial y turismo, debido a su importancia en la historia antigua. Ahora es una ciudad fantasma, las reglas estrictas impuestas por la ocupación, calles cerradas y acoso contra les residentes y mercaderes han terminado por vaciar sus calles. Ya no hay compradores en los callejones adornados con tejados antiguos y arcos. La Mezquita de Ibrahimi sobresale en el centro de la ciudad, cimentada sobre su historia y religión. Por esta misma razón les colones buscan transformarla en una sinagoga, otro hecho consumado para afirmar la ocupación ilegal del territorio.

Cuando caminamos en el área alrededor de la Mezquita Ibrahimi, nos encontramos con innumerables entradas clausuradas que solían conducir a hogares palestinos. Como resultado de estos bloqueos, les residentes se ven obligados a tomar otro camino para llegar a sus casas. Lo que debería ser un tramo de apenas 10 metros se convierte en un largo camino de casi un kilómetro. Estas divisiones son complejas, nadie las podría entender sin haberlas caminado. Si une residente de esta área necesita atención médica, las ambulancias no pueden entrar sin antes haber coordinado con el Comité Internacional de la Cruz Roja y el Ejército. Una vez que se ha concedido el permiso, toma al menos una hora llegar a la ubicación requerida. Si se trata de una emergencia es caso perdido, la ambulancia habrá llegado demasiado tarde. Otra tarea imposible para les residentes es transportar carga pesada como muebles o materiales para reparar sus hogares.

Una vista del cementerio más allá de la calle Shuhada que ha estado cerrado a las personas palestinas durante décadas.

Visité el barrio Jaber, donde la calle principal del asentamiento de “Kiryat Arba”, que conduce hasta la mezquita de Ibrahimi, ha estado cerrada por diez años para les palestines. Esta es una de las arterías principales de movilidad en la ciudad, pero les palestines no pueden transitarla, solo les colones pueden hacerlo. Es como si les residentes palestines de esta área estuvieran encerrades en una prisión gigante, rodeades por retenes militares y exiliades de las calles y entradas. Desconectades de varios mercados tradicionales como el de Souk al-Laban, Bab al-Khan, y el del barrio Al-Sahla. Y por supuesto, de la calle Al-Shuhada, otra calle principal de la ciudad, así como de la calle Al-Sahla y del mercado central de vegetales. Dentro de poco toda esta área estará bajo control de les colones. Ya le están dado nombres hebreos a las calles, colgando avisos en las paredes de los barrios: “la calle del Rey David” en lugar de la calle Al-Shuhada.

El centro de la ciudad está habitado por más de cuarenta mil palestines, encerrades con alambres, retenes y miedo, mientras que el número de colones en asentamientos en la antigua ciudad de Hebrón no sobrepasa las mil personas. Los retenes del terror están en todas partes y la vigilancia de las cámaras digitales observa en todas las direcciones, escaneando para el reconocimiento facial de les palestines. Incluso con estas tecnologías tan avanzadas a les residentes no les perdonan la requisa diaria, tampoco a les feligréses que van a la mezquita de Ibrahimi a orar. Mientras que les palestines sufren bajo complejas medidas de seguridad, les colones reciben una protección excesiva, hasta el punto que les soldades escoltan a les colones cuando van a tirar la basura a tan solo diez metros de los retenes.  

Miro por la ventana. El cementerio se encuentra a tan solo unos metros, pero en realidad está en otro mundo.

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